El aburrimiento no es el enemigo: por qué tu hijo necesita tiempo sin hacer nada

Niño pequeño jugando absorto con una caja de cartón vacía en el salón mientras su padre lo observa sin intervenir, en un momento de juego autónomo nacido del aburrimiento

Es una tarde larga sin plan. Fuera llueve, o hace demasiado calor, o simplemente no hay cole ni actividad ni visita. Tu hijo da vueltas por el salón, se descuelga del sofá boca abajo, abre un cajón y lo cierra, y al rato llega la frase de siempre, arrastrando cada sílaba: «me aburroooo, no sé qué hacer».

Y notas el tirón. Las ganas de resolverlo cuanto antes. De proponerle un juego, de sacarle la caja de pinturas o, si el día ha podido contigo, de ponerle unos dibujos y comprar quince minutos de paz. Sea cual sea la salida, todas comparten el mismo impulso: apagar ese aburrimiento antes de que se convierta en queja, en lloriqueo o en culpa tuya por no tenerle algo preparado.

Ese impulso es comprensible. Pero merece la pena pararlo un momento, porque el rato de aburrimiento que estamos tan deseando quitar es, muchas veces, el más útil de la tarde. Te cuento por qué y, sobre todo, qué hacer la próxima vez que lo oigas.

Por qué nos incomoda tanto que se aburra

Cuesta quedarse quieto viendo a un niño aburrirse. En parte porque su malestar nos remueve y queremos aliviarlo, como con casi todo. Y en parte por una idea que llevamos puesta sin darnos cuenta: la de que una buena infancia es una infancia llena, estimulada, con algo interesante pasando siempre.

Con esa vara de medir, un niño aburrido parece un fallo del sistema, un hueco que hay que tapar. Y como hoy tapar el hueco es facilísimo, casi siempre a un botón de distancia, hemos ido perdiendo la costumbre de dejarlo abierto.

El problema es que en ese hueco, aunque no se vea, es justo donde empieza a pasar algo.

Qué ocurre en la cabeza de un niño que se aburre

Cuando dejamos de prestar atención a algo concreto, el cerebro no se apaga. Entra en un estado en el que divaga, revuelve recuerdos, imagina situaciones, ata cosas que no tenían nada que ver. Es el mismo estado del que sale una idea cuando a un adulto se le ocurre algo bajo la ducha o fregando los platos, con la cabeza en apariencia en blanco.

En un niño ese mecanismo se nota mucho, porque su imaginación arranca con menos frenos que la nuestra. Cuando nada le entretiene desde fuera, empieza, poco a poco, a fabricar algo por dentro. El sofá se convierte en un barco, o una manta sobre dos sillas en una cueva. Y una tarde entera sin nada previsto acaba siendo el escenario de una historia que dirige él.

La palabra clave es poco a poco, porque ese arranque no es inmediato. Primero viene lo incómodo: las quejas, y esas vueltas por la casa sin saber en qué ocuparse. Ese rato molesto es justo de donde, un poco después, suele salir el juego. Y si lo llenamos enseguida con una pantalla o un plan, le quitamos al niño la parte más interesante.

Conviene ser honestos con lo que sabemos: buena parte de la investigación sobre aburrimiento y creatividad se ha hecho con adultos y con niños mayores, así que aplicarlo tal cual a un peque de tres años es una inferencia razonable, no una certeza cerrada. Pero encaja con algo que muchas familias ven en casa: que las mejores tardes de juego rara vez son las más programadas.

Las pantallas y el hueco que rellenan

Las pantallas tienen su sitio en la vida de un niño, y no hace falta vivirlas con culpa.

Lo que pesa de verdad es el momento en el que suelen aparecer: casi siempre en ese hueco incómodo, antes de que dé tiempo a que pase nada. Una pantalla entretiene desde fuera y sin esfuerzo. Da imagen, sonido y ritmo ya hechos, y el niño solo tiene que recibirlos. Es agradable, y por eso engancha. Pero mientras la recibe, su cabeza no está fabricando nada propio: está siguiendo lo que otro fabricó. Cuando eso se convierte en la respuesta automática a cada rato de aburrimiento, el motor de inventar se usa cada vez menos, igual que un músculo que dejamos de mover.

Una cosa es recibir diversión ya hecha y otra aprender a inventársela. Las dos caben en la vida de un niño; solo hay que cuidar que la primera no le coma el sitio a la segunda.

Cómo acompañar el aburrimiento sin rescatarlo

Acompañar el aburrimiento no significa dejar al niño tirado con su malestar. Significa sostener el rato incómodo con él, sin correr a resolverlo. Algunas cosas que ayudan:

No llenes el hueco enseguida. La próxima vez que oigas «me aburro», resiste el primer impulso. Aguanta el silencio un poco más de lo que te pide el cuerpo. Muchas veces, si el aburrimiento dura lo suficiente, el propio niño encuentra solo el camino hacia su juego. Ese hallazgo, cuando llega, vale mucho más si ha sido suyo.

Ofrece materiales, no planes. No hace falta una actividad organizada ni juguetes nuevos. Al revés: cuanto más cerrado es un juguete, menos deja imaginar. Una caja de cartón vacía, unas mantas, unos rotuladores olvidados en un cajón dan para más que la mayoría de los juguetes con pilas. Deja el material a la vista y retírate.

Deja que la queja exista. El «me aburro» no es una emergencia que tengas que apagar. Puedes reconocerlo sin resolverlo: «ya, a veces aburre no tener nada que hacer; a ver qué se te ocurre». Le devuelves la pelota con cariño, sin dramatizar y sin cargar tú con la tarea de entretenerlo.

Suéltate de la culpa de ser su animador. No es tu trabajo tener la agenda de tu hijo siempre llena. Un adulto que está cerca, disponible pero sin montar el espectáculo, le da algo más valioso que un plan: el permiso para gestionar su propio tiempo.

Aprovecha el aburrimiento compartido. Si hay otro peque cerca, también aburrido, mejor todavía. Cuando dos niños que no saben qué hacer se juntan, el juego que inventan suele ser más grande que el de cada uno por su lado.

Dos niños pequeños convirtiendo juntos una caja de cartón grande en una nave imaginaria en el salón, un ejemplo de juego autónomo compartido sin pantallas

Cuándo el «me aburro» quiere decir otra cosa

Una advertencia, para no pasarnos de rosca. No todo «me aburro» es una invitación a la imaginación esperando a florecer. A veces esa frase es la etiqueta que un niño pequeño le pone a otra cosa que aún no sabe nombrar: que tiene hambre, que está cansado, que ha tenido un día raro o que, sencillamente, te echa de menos y quiere un rato contigo.

La pista está en el tono y en el momento. Un aburrimiento que se disuelve en cuanto el niño se engancha a un juego era del bueno, del que arranca cosas. Uno que va a más, que se vuelve angustia o que aparece siempre pegado al cansancio o a las ganas de mimo, pide otra respuesta: casi nunca una actividad, casi siempre un poco de conexión. Cinco minutos de atención de verdad valen más que cualquier plan.

Y si lo que tienes descolocado son los horarios, porque han llegado las vacaciones y en casa se ha roto el ritmo, ya hablamos de si conviene mantener las rutinas cuando no hay cole. El aburrimiento se lleva mucho mejor sobre una base de día más o menos previsible.

Un cuento para mirar el aburrimiento con otros ojos

Todo esto es, exactamente, lo que le pasa a Nora en El portal del aburrimiento. Una tarde de tormenta la deja sin luz y sin internet, y su pantalla se apaga de golpe. Al principio deambula, se queja, cuenta baldosas, no sabe qué hacer con ese vacío. Hasta que sus ojos se posan en una caja de cartón vieja y unos rotuladores que llevaban siglos sin usar, y lo que hasta hace un momento era una tarde perdida se convierte en un viaje. El cuento no habla mal de las pantallas ni pide renunciar a ellas: solo muestra lo que hay al otro lado de un rato sin ellas, cuando le damos tiempo.

Es una forma de contarle a tu hijo, sin sermón, que a veces, cuando no hay nada que hacer, es justo cuando empieza lo bueno.

El portal del aburrimiento

El portal del aburrimiento

Un viaje sin pantallas

Una tarde de lluvia, una tormenta deja a Nora sin luz y sin internet. Su pantalla se apaga de golpe y, por primera vez en toda la tarde, no hay nada que la entretenga desde fuera. Nora deambula, se queja, cuenta baldosas, se cuelga del sofá boca abajo… hasta que, en un rincón, sus ojos se posan en una caja de cartón vieja y unos rotuladores que llevaba siglos sin usar.

Leer este cuento infantil en la app de Semillita

En el próximo artículo damos la vuelta a la moneda: qué pasa cuando la agenda del niño está tan llena que ya no le queda tiempo para aburrirse, cómo detectar que va sobrecargado y de qué manera devolverle un ritmo más suyo.

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